Las auditorías pueden salvar empresas

La inercia y la costumbre pueden ser lastres para el buen funcionamiento de una empresa, que un toque de atención dado a tiempo puede solucionar. Esa reflexión es la que ofrece la auditoría “no entendida como una imposición externa, sino como una opinión cualificada capaz de mejorar la gestión y proporcionar una nueva perspectiva que dote de valor añadido a la empresa” explica Xavier Amargant, revisor de auditorías del Registro General de Auditores (REGA).

Sin embargo, esta visión no es la que predomina entre los empresarios, según se ha puesto de manifiesto en el Curso sobre Auditoría de Cuentas que ha organizado el Colegio Oficial de Titulados Mercantiles y Empresariales de Granada.

En este sentido, Amargant sostiene que “mientras que en los países anglosajones, especialmente en Estados Unidos, las auditorías se aprecian como algo natural y sano para las empresas, hasta el punto de que contratar un auditor con fama de duro sea motivo de satisfacción para ellas, en los países de tradición latina, como España, la visión es muy diferente y raramente una empresa no obligada a auditarse recurre a ella”.

La labor de los auditores es la de dar una opinión sobre la fiabilidad o no que merecen las cuentas empresariales; un informe que supone un trabajo previo de análisis en profundidad de la compañía, que transmite una serie de conocimientos y valores que el auditor debe trasladar al empresario para mejorar el funcionamiento y la calidad de la empresa. De hecho, “la nota que le otorgue el auditor, la explicación del porqué de esa valoración, así como las recomendaciones de control interno que aporta son factores positivos, que si la empresa las asume se traducirán en una mejora de la calidad de la información de la empresa que puede llegar a ser vital para su supervivencia”.

Sin embargo, el carácter de imposición que tienen en España las auditorías y la elevación de los límites en los requerimientos en los tres factores que contempla la obligatoriedad de someterse a ese trámite, a saber, número de empleados, volumen de facturación y total de activos, repercuten negativamente en la valoración que el empresariado concede a las auditorías, hasta el punto de que “están favoreciendo la división de algunas empresas para eliminar el gasto del auditor”, explica Xavier Amargant.

La rigidez de la normativa a la que se somete a los auditores, más regulados que los notarios, es otro de los elementos que este experto considera un obstáculo para el normal desenvolvimiento de estos profesionales. Y a ello se suma la potencia de las multinacionales del sector y las franquicias que cuentan con muchos medios pero que “funcionan con procedimientos escritos, casi inamovibles y su gestión se encamina a ganar cuota de mercado; frente a ellas están los despachos profesionales, que tienen una voluntad de prestación de servicio mucho mayor. Esta diferencia, que en ocasiones les perjudican, también es su gran arma”, sostiene el revisor de auditorías del REGA.